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jueves, 14 de febrero de 2008

Arquitectura y Turismo


Recuerdo un viejo artículo del arquitecto Federico Correa publicado en la revista "On", que titulaba: "Guils de Cerdanya o Beverly Guils". Defendía el maestro en el artículo, la libertad de creación del diseñador frente a la limitación de las normativas estéticas que, en el inicio de los 80, empezaba a plantearse en los pueblos de la Cerdanya en el también inicio del "boom" inmobiliario ceretano.
Entre otras, la normativa de Guils, proponía (según recuerdo, puesto que no he encontrado el artículo...) la colocación de pizarra negra en las cubiertas, dejar la piedra de la fachada vista y la proporción tradicional de las ventanas. Aunque son aparentemente medidas razonables, se quejaba amargamente el arquitecto de la dificultad de diseñar un edificio en ese territorio con la acción coercitiva de dichas normativas. Hacía notar también la paradoja de que para defender una imagen vernácula, acabaran “importando” la pizarra y la piedra de Galicia, en tanto que no se encuentran tejas de pizarra autóctona, ni canteras que las produzcan, impidieran el revoco tradicional de las paredes para aumentar su necesaria impermeabilidad y obligara a una baja iluminación y asoleamiento de los interiores. Por ello, la tesis del artículo era que en vez de conservar la identidad de Guils de Cerdanya, estábamos construyendo Beverly Guils, metáfora de lo banal, frívolo y desarraigado.

Con la distancia y el tiempo pasado y visitando la Cerdanya de hoy, parece como que el arquitecto profetizara más que criticara los resultados.
No defiendo la ausencia de normativas, antes al contrario, me parecen necesarias e imprescindibles. La nueva actividad turística y de ocio que reemplaza las viejas actividades económicas rurales, agrícolas y ganaderas precisa de reflexión detenida y acción mesurada. No basta con aplicar pintoresquismo banal de fácil consumo. Precisamos proteger el paisaje, definir un estilo de actuación respetuoso y moderno determinando, por ejemplo, los invariantes castizos que proponía Chueca Goitia en su magnífico libro y, por último, limitar el acceso indiscriminado.

La Cerdanya y tantos otros territorios, han sufrido un cambio de fisonomía radical en los últimos veinte años. Cambio que acaba decepcionando al visitante y alejándolo de esa oferta, abocando al territorio a una nueva crisis.